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BACALAO

La picada comenzaba tempranito.  Montañas de cebollas blancas, chop chop chop.   Finita, la cebolla la quiero bien finita. Mi mamá que nunca dejaba de dar órdenes.  Crunch Crunch sonaban nuestras manos cuando pelábamos ajos.  Mientras tanto, el agua hervía con papas que mi abuelita sacaba con sus manos – no le intimidaba quemarse.  Se paraba en las puntas de sus pies porque la olla le quedaba alta.  Mi abuelita nació para estar frente al comal en el fogón. No enfrente de una cocina integral.

El día normalmente era nublado, un poco de frío. Pero en la cocina ardía el calor de la guisada. Las mujeres de la casa enfrascadas en seguir la receta tradicional de la tía Concha, tía de mi mamá, la que vivía en Cuautla. Nos sabíamos la historia de su restaurante de memoria.  La del tío Sotero borracho, la del primo Beto homosexual, la de mi abuelita que trabajaba para esa tía de la que mi mamá aprendió tanto de la cocina.  Sólo mi abuelita usaba mandil.  Mi mamá andaba en sus pantuflas, sus pies se le hinchaban fácil de tanto estar parada.  Le hablábamos a Arturo para que abriera los frascos de aceitunas.  Aceitunas españolas, no cualquier cosa.  Mi mamá compraba el aceite puro de oliva, que olía exquisito cuando estaba bien caliente y le echábamos los ajos y la cebolla, que saltaban como en éxtasis culinario.

 Mi hermano Carlos preparaba la colgada de la piñata para la fiesta.  El mecate tenía que ser fuerte, y los que detenían la piñata valientes, porque un paso en falso desde la azotea y bueno, el trancazote era inevitable.  Mi papá en la azotehuela cortando pedazos de papel de china de muchos colores, rogándonos que le dejáramos una hornilla para su engrudo que cocinaba en una lata.  Mi papá el contador que era hosco y práctico, cambiaba de personalidad ese día para convertirse en el mejor piñatero del mundo.  Comenzaba con la olla de barro pelona, y de ahí hacía sus cucuruchos de cartón para formar la estrella.  Yo me escapaba de la picada mortal de la cocina y me iba a ayudarle. Me gustaba embarrarme las manos de engrudo, y verlo tan meticuloso en una labor de niños.  A su familia bien que le gustaba la pachanga, una familia contenta de hacer fiestas, chistosa, que nunca desperdiciaba oportunidad alguna para empinar el codo.  Los Bonnet pachangueros a más no poder.  La anticipación de las cubas con hielo, el ponche con piquete, la bailada… toda esa anticipación se la embarrábamos a las piñatas que colgaba mi papá para que se secaran por un par de horas antes de que las pobres terminaran literalmente apaleadas.

Había que sacar los adornos de Navidad.  Mi mamá tenía un centro de mesa de metal que era como un carrusel con angelitos colgando.  Abajo iban velitas rojas, que al prenderlas, con el aire caliente, hacían que los angelitos dieran vuelas.  También teníamos un mantel de santa clos.  Y el arbolito lo habíamos puesto desde principios de diciembre.  El nacimiento era de barro, con la escena completa, borregos, pastores, los reyes magos, el pesebre.  Lo poníamos en diferentes niveles, rodeado de musgo y heno.  Ese olor a heno nunca se me olvidará.  A veces poníamos un espejo y patos.  No sé qué hacían los patos en el desierto, pero bueno, nadie ponía en duda el apego al evento histórico que se celebraba el 24 de diciembre, comenzando por la virgen que concibió un bebé porque se lo anunció un ángel. Cómo ese mismo pretexto no le sirvió a tantas otras chicas solteras que se embarazaban, no? Digo.

La señora de la limpieza había venido el día anterior, pero igual nos tocaba sacudir, trapear y lavar los baños.  Yo era la más chica, me salvaba de mucho, pero mis hermanos y hermanas no.  Ahí iba Rosa refunfuñando con cubeta, escoba y jerga en mano, dispuesta a desahogar su frustración contra el piso que el Cholocate (uno de nuestros perros) insistía en ensuciar con sus patas llenas de lodo.  Pobre Rosa.  Y pobre Chocolate también.

Hablando de lodo, en la cocina todas le corríamos a la limpiada de los romeros.  Esos romeros eran unas yerbas que las arrancaban de la tierra y normalmente no los vendían lavados, sino que había que lavarlos y quitarles un montón de tierra que ya mojada, pues se hacía lodo.  El día anterior mi mamá iba a La Merced (mercado) a comprar todos los ingredientes en cantidades industriales.  Para el bacalao: costal de cebolla, costal de papas, tiras de ajos, caja de jitomates.  Para los romeritos: romero fresco en bonches amarrados con hilo, nopales por docenas, kilos de mole, bolsas de celofán de camarón seco.  Para el espagueti: botes de a kilo de crema, cajas y cajas de pasta, kilos de queso manchego, mantequilla al por mayor.  Para el postre, bolsas de bombones, latas y latas de frutas en almíbar, frascos altos de cerezas.  Piñas con copete bonito para mi papá, porque él las decoraba con filas de queso y jamón en cuadritos, cerezas y aceitunas.  Para el ponche, columnas de cañas, bolsas de guayabas, tecojotes, pirámides de piloncillo.  Las aceitunas, las latas de chiles largos, el aceite de oliva y las almendras venían de La Europea, una tienda de baturros españoles que era la meca de toda ama de casa mexicana de clase media en la ciudad de México para Navidad.  Si no por nada el platillo se llama bacalao a la vizcaína.

La tarde se nos iba rápido.  Julio, vete por los bolillos.  Carlos, qué pasó con el hielo. Arturo, ve por tu tía y tus primos a la parada del camión.  Diana, se te va a caer ese tubo atrás.  Rosa, ya planchaste tu vestido?  Sofía, hay niña, ya se te zafaron dos caireles, ven acá.  Yo de pelo grueso y lacio, víctima de la necedad de tener rizos y parecerme a Shirley Temple.

Mi papá se escondía a propósito, si bien sabía que la tensión estaba fuerte.  Mi abuelita iba a misa en la tarde (o en la noche)?  Su mascada lila cubriendo su cabecita blanca, su espalda encorvada, ahí se iba mi abue a su misa.  A rezar que todo saliera bien para la fiesta, yo creo.  Ya en serio, mi abuelita rezaba por todos, me consta.  Era muy devota la Vírgen de Guadalupe y esa parte de su creencia era sagrada para todos. Si mi abuelita rezaba, la novia de decía que sí a Carlos (que no era así tan tan difícil), no regañaban a Arturo tanto, Julio pasaba la materia, a Rosa se le bajaba el mal humor y a Diana no le gritaban tan seguido.  Los rezos de mi abue los ayudaban a todos.  Así es que nadie le interrumpía su paso a la iglesia.

El olor del bacalao salía en olas de la cocina y llamaba a los vecinos.  Lupita y Carmelita ahí venían a desearnos una linda Navidad.  Mi mamá las recibía contenta, se daban abrazos, la querían bien.  Mientras, Arturo se escapaba y se hacía una torta clandestina de bacalao para calmar la tripa.  Y mi papá “probaba” a ver si el ron estaba bueno.  El ponche hervía.  Yo me asomaba a escondidas al cuarto de mi mamá. Había interrumpido la envuelta de los regalos por las vecinas que llegaban. Habían tijeras, moños, artículos de fayuca en su cama.  La emoción me invadía.  Aunque yo sabía que los juguetes de verdad llegaban hasta el seis de enero, día de reyes, hoy nos dábamos ropa, discos, algún libro.  Nada extravagante.

Éramos seis hijos, dos adultos, una abuelita. Cómo nos las arreglábamos para bañarnos, perfumearnos y ponernos guapos todos con un solo baño en la casa, ni me acuerdo. Pero lo lográbamos.  A eso de las seis era cuestión de detalles de última hora.  Cambio de aretes de última hora, mi mamá caminando soplándose las uñas para que se le secaran, Rosa se iba a la farmacia por otro par de medias porque las únicas que tenía se le habían roto.  Mis hermanos se veían guapos, recién rasurados, mi papá salía de su cuarto envuelto en esa loción tan varonil.  Mis primos llegaban, eran 7. Mi tío Rafael llegaba, eran 3.  Mi tía Sofía normalmente se quedaba con nosotros, pero si no, también llegaban, eran 6.  Mi tío Adrián, eran 4 o 6 si venían sus cuñadas.  El amigo de mi papá, Pepe Aguayo, eran 4.  Los abrigos se amontonaban en la cama.  Gloria, Laurita y yo nos poníamos a jugar luego luego.  Arturo ponía música tranquila primero, luego comenzaba la bailada.  Bailábamos de todo. Cumbias, cha cha chá, rock and roll, baladas.  Mi papá tenía un estilazo para bailar, siempre derechito, te agarraba la mano con una delicadeza, te sentías flotando cuando bailabas con él.  Igual mi hermano Carlos. El que era un atrabancado con el rock and roll era Arturo, qué mareadas nos ponía por favor. Ahí salíamos dando vueltas, bueno, hasta los zapatos salían volando a veces al son de “quítate ya de aquí perro lanudo, déjame estar aquí solo con mi novia, si te quitas de aquí te doy un hueso…”

Mi tío Rafael era el que empezaba el desorden.  Así sin querer pero queriendo, empujaba  a otras parejas mientras bailábamos.  Y de pompazo en pompazo, se armaba un desmadre buenísimo y más de alguna vez acabamos en el piso.  Todos muertos a carcajadas.  El patio de la casa se transformaba de un simple garage a una pista de baile de fiesta donde todos nos queríamos y a todos nos daba gusto estar juntos.

El bacalao se servía, chupándose los dedos le decían a mi mamá qué rico le había quedado. Las demás mujeres nos quedábamos calladas, pero sabíamos que nuestras manos también habían colaborado a tan rico festín.  Mi parte favorita era el queso derretido arriba del espagueti al horno.  Esta era una de las pocas fiestas del año que merecían vaciar el horno de cuchitriles y usarlo para hornear algo.  Las bebidas iban y venían, los vasos altos con ‘jaiboles’ que nunca supe qué eran.  El ponche con piquete o sin piquete? Es para la niña Carlos, sin piquete por favor!

Hora de sacar las piñatas.  Los vecinos salían a veces también. Los palos de la escoba, la mascada en los ojos, esa mascada sedosa y fría con barquitos azules y amarillos.  Nos daban vueltas para marearnos y hacer más difícil encontrar la piñata.  Mi tía Sofía a los gritos “dale dale dale no pierdas el tino”.  Todos le hacíamos coro.  Arriba! Abajo! Más abajo! A la izquierda! Atrás!   Arturo y Carlos en la azotea, cada uno con un lado del mecate, hacían ondular esa piñata de arriba abajo, era imposible darle!  Finalmente alguién le daba un trancazote y allá iba a dar uno de los picos de la estrella.  Todos corríamos, porque los picos de la estrella eran los mejores para guardar la fruta cuando se rompía la piñata.  Finalmente la piñata cedía, mis hermanos dejaban que le pegaran más seguido y en un santiamén se desbordaba, y una cascada de frutas y dulces caía al suelo, y con eso, todos saltábamos a ver qué nos tocaba.  Grandes y chicos, amontonados en medio de carcajadas y gritos.  Nunca faltaba el ganón que se quedaba al final tirado en el suelo cubriendo semejante montón de frutas y dulces, y todos le metíamos la mano abajo para sacarle un tecojote más.  El frío arreciaba y era hora de otro ponchecito, otra cubita.  Ahí íbamos para adentro, comparando los tesoros que la piñata los había regalado.

Nunca llovió en Navidad que yo me acuerde. Nunca se acabó la comida, ni se descompuso el tocadiscos.  Nunca se nos perdió un perro o alguien se enfermó.  Era casi magia que todo saliera tan bien.  Si acaso un descontento o un mal modo, pero de ahí no pasaba. Todos estábamos tan contentos de pasarla juntos.

A las doce prendíamos las luces artificiales, que eran unos palitos que prendías con un cerillo, y de pronto estallaban en una estrella brillante. Si la movías rápido, la luz hacía formas en el aire.  Las caras de los chicos iluminadas por esa maravilla luminaria es algo que llevo tatuado en la mente.  Porque era de noche, estaba oscurón, y pero de pronto había luz y estallaban esas luces, como recordándonos que inclusive en la oscuridad puede haber felicidad.  Allá a lo lejos se oían cuetes. Veíamos buscapiés que los vecinos andaban soltando  por la calle.  La sidra la servía mi papá en unas copas planas y chonchitas.  Mi mamá se hacía la del rogar porque ella no tomaba alcohol.  La única de la fiesta que era abstemia.  Porque todos los demás adultos, no tenían nada de abstemios!

A altas horas de la madrugada se comenzaban a ir los invitados.  A veces mis primos se quedaban, y yo super contenta porque así jugaba con Gloria más tiempo.  Gloria mi prima favorita, éramos de la misma edad. Ella era flaquita, pecosa, su brazo chuequito por no me acuerdo qué cuestión que pasó cuando era chiquita. Yo gordita, viva, con mi pie chuequito también por un problema congénito.  Éramos un par inigualable.  Nos queríamos y nos divertíamos tanto.  Y mientras más tiempo pasáramos juntas, mejor.

Al día siguiente amanecía nublado otra vez.  Habían serpentinas en el piso.  Un vaso abandonado en alguna esquina.  Pedazos de barro de la piñata.  Ollas que lavar en la cocina.  Piso que trapear en la sala.  Y mientras todos nos medio despertábamos y arreglábamos la casa a su estado original, en nuestras vidas había pasado otra Navidad.  Otra Navidad con familia y amigos que siempre llevaremos en el corazón y la memoria, porque esos 24 de diciembre nunca se nos van a olvidar.   Los recordamos con añoranza, y aún años y años después,  son de las memorias más queridas en nuestra familia.

Feliz Navidad!

Sofía Bonnet Hollis

Nueva York, diciembre 24, 2010

Last Updated (Wednesday, 29 December 2010 03:20)